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Un negocio sostenible en Río Grande

 

En la hermosa región de Gramado, un municipio ubicado en la sierra de Río Grande del Sur y tercer destino turístico de Brasil, por número de visitantes, se encuentra un centro de fabricación de muebles muy destacado a nivel nacional. El encanto de esta región no solo se encuentra en sus atracciones turísticas y comerciales, sino también en su belleza natural, que cuenta con una pintoresca zona rural y con exuberantes paisajes en los que predominan las bellas araucarias.

El desarrollo de la industria local permitió la proliferación de un centro de fabricación de muebles en la zona, marcado por las tradiciones gauchas y por las tendencias europeas, lo que dio lugar a una producción artesanal de muebles rústicos.

 

 

En el pasado, los altibajos de la economía brasileña solían alterar constantemente la prosperidad de la región. La caída de las exportaciones ocurrida en la década de los años 30 llevó a muchas empresas establecidas a la quiebra. Las empresas desaparecieron del mercado, pero el legado de la fabricación de muebles permaneció en aquellos que las fundaron. “La vida debe ser así, ¿verdad? Si no hacemos lo que nos gusta, no la disfrutaremos”.

 

EL CAMINO DE LA MADERA

Desde pequeño, Adriano Fuhr observaba y ayudaba a su padre a trabajar en una fábrica de muebles, lo que estimuló desde joven su interés por las actividades con la madera. La situación económica que atravesaba el país en esa época no permitió la continuación de la empresa, lo que obligó a la familia a sustituir su negocio por otro que brindara una mayor estabilidad.

Adriano creció en el medio rural de la región de Gramado, entre hectáreas de campo que la familia dedicaba a la agricultura que también servía para disfrutar de la pesca deportiva con amigos. Años más tarde, motivado por el deseo de tener su propio negocio, decidió aprovechar de aquella pasión de niño y trabajar con la madera, esta vez a dos niveles: abrió un taller de torneado y una serrería, adquiriendo un aserradero Wood-Mizer.

 

 

Actualmente, la serrería se encuentra en un gran cobertizo de madera, construido especialmente para él, junto al lago donde pescaba. El aserradero trabaja para satisfacer la demanda de las empresas de muebles de la región, que externalizan la fabricación de algunas de sus piezas. Como dice el refrán: “El ojo del amo engorda el caballo”, pero este no es el verdadero motivo por el que Adriano se dedica a trabajar tanto en el taller de torneado como en el aserrado. Basta pasar apenas media hora con él para sentir el gusto que tiene por lo que hace y por su trabajo con la madera. Atiende los pedidos con tranquilidad y dedica el tiempo suficiente a administrar ambas actividades con confianza y diligencia.

Es precisamente su interés y su satisfacción con aquello que hace que, tras cerca de dos años aserrando troncos de pino y eucalipto, Adriano fue adquiriendo la experiencia necesaria para dar forma al sueño que albergaba en su interior: la creación de sus propios muebles rústicos.

Cuando se le pregunta, Adriano afirma con humildad que la serrería le dio mucho más de lo que imaginó al principio, superando sus propias expectativas. Gracias a su nueva profesión, de vez en cuando consigue aprovechar los restos de madera para, poco a poco, transformarlos en algo nuevo, artesanal y rústico. “A veces tenemos madera sobrante. Yo veo lo que puede ser hermoso o no, lo que podría aprovecharse para fabricar un mueble rústico, y así voy armando el rompecabezas”.

 

 

La creatividad no tiene límites y da lugar a piezas de auténtica belleza. Ya sea en forma de mesa, de silla, de escritorio o de cualquier otro utensilio, como cubiertos, tablas para carne y embutidos, adornos de madera u otros. Todos con un toque rústico y con la atención al detalle que las convierten en verdaderas obras de arte. La fabricación artesanal de muebles es algo esporádico y reciente, un pasatiempo con el que Adriano disfruta en su tiempo libre, como un rompecabezas hecho para adultos. Hasta ahora no dio a conocer su trabajo, pues su difusión significaría una mayor demanda, lo que obligaría a este artista modesto a profesionalizar algo que, por el momento, es solo un pasatiempo.

 

 

“Hacer una mesa me llevaría unos dos días si me dedicase exclusivamente a ella. Como el trabajo requiere encontrar el material adecuado, hacer un mueble perfecto sin compromiso de por medio puede llevar bastante tiempo”. Sentado en su rincón, los hermosos paisajes y la sencillez inherente al modo de vida de esta región son su fuente de inspiración para la creación de unos muebles dotados de gran presencia y originalidad. Mientras que muchas empresas no reutilizan la madera sobrante, dejándola de lado y centrándose solo en las piezas que cumplen los requisitos establecidos para adaptarse a los muebles de sus colecciones, la iniciativa para su reutilización parte precisamente de quien la corta, de quien, por hacerlo, es plenamente consciente del valor de esa pequeña troza de materia prima. La creación de muebles rústicos promoviendo la utilización de madera en bruto pone de manifiesto la belleza del medio rural y el concepto de sostenibilidad en su forma más simple: aprovechar los recursos naturales de los que disponemos.

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